Un mes después de una de las mayores tragedias ferroviarias de España, que sesgó la vida de 46 personas, los vecinos de Adamuz, el pueblo amigo que no dudó en tender la mano a las víctimas, siguen intentando asimilar todo lo ocurrido mientras una frase se repite como una letanía: «No queremos ser el pueblo del accidente, no queremos quedarnos con ese apellido». El temor no es solo a quedar asociados a una desgracia, sino a quedar reducidos a ella.
