No es algo novedoso. «Es la crónica de una muerte anunciada», dice al otro lado del teléfono con crudeza un agente de la Guardia Civil que prefiere guardar su anonimato. Los accidentes de las patrulleras del Instituto Armado que persiguen a los narcotraficantes en el mar y los ríos andaluces cada vez suceden más y los agentes llevan tiempo avisando de dos cosas fundamentalmente: necesitan mejores medios y se está perdiendo el principio de autoridad.
