

El accidente de Los Rodeos de 1965 es mucho menos conocido que el de 1977, pero en él fallecieron 32 personas. Eran las 21.17 horas del 5 de mayo de 1965. Fue una tragedia marcada por la espesa niebla y una decisión arriesgada en la cabina de un Super-Constellation de Iberia que cubría la ruta Madrid-Tenerife.
Hoy, seis décadas después, los testimonios de quienes lograron salir de aquel infierno de metal y fuego revelan detalles escalofriantes sobre lo que realmente ocurrió en la pista de Los Rodeos.

El accidente de Los Rodeos de 1965
La visibilidad era nula. El aeropuerto estaba cubierto por esa “manta” blanca tan característica del norte de Tenerife. Tras un primer intento de aterrizaje abortado, el comandante decidió intentarlo por segunda vez. Fue en ese momento cuando el destino se torció: el aparato chocó violentamente contra una máquina excavadora que se encontraba en el campo de vuelo. El avión rodó por la pista de manera violenta, rebasándola en unos 500 metros hasta precipitarse por el barranquillo de La Centinela.
“En ese momento no piensas en nada, solo está el sentido de supervivencia de liberarte y ver cómo salir de ahí”, relataba Wolfgang Kühn, uno de los 16 supervivientes del accidente de Los Rodeos de 1965, a Yazmina Rozas para DIARIO DE AVISOS en 2015. Kühn, que entonces tenía 24 años, recordaba que el piloto no debió arriesgarse. “Hoy en día, con los instrumentos que hay, no pasaría nada, pero en aquella época no debería haberlo intentado de ninguna forma”, lamentaba.
Errores humanos
La parte trasera del avión fue el único refugio para los que sobrevivieron. Manuel Rueda, tripulante del vuelo, coincidía con Kühn en el mismo artículo en que la decisión del piloto fue cuestionable. Según Rueda, otro comandante que volaba por la zona avisó por radio de que el tiempo estaba impracticable y que se desviaban a Las Palmas. Sin embargo, el Super-Constellation de Iberia intentó la toma de tierra.
Kühn recordaba con nitidez el momento exacto de la huida: “Estaba en mi asiento, que estaban todos estrujados, y tuve la fuerza de liberarme. Al lado mío estaban tres curas anglicanos que no tuvieron la misma suerte y murieron. Entonces vi que detrás de mí el avión estaba abierto”. Por ese boquete en el fuselaje, Kühn y parte de la tripulación saltaron al vacío antes de que el fuego devorara por completo la aeronave.
La vida después del accidente de Los Rodeos de 1965 no fue fácil para ninguno de los 16 que quedaron para contarlo. Manuel Rueda tuvo que volver a volar a los pocos días por consejo de su psicólogo: “O volaba pronto o el miedo iba a ser muy grande”. Por su parte, Kühn confesaba que, aunque ha volado cientos de veces, siempre siente un sudor frío en las manos cuando el avión inicia el descenso hacia Tenerife Norte.
Wolfgang Kühn volvió con un amigo a Los Rodeos justo al día siguiente de su accidente, cuando aún estaban los restos del aparato. “Fuimos al punto donde más o menos creíamos que podría haber estado sentado y encontré mi cartera medio quemada, con algunos documentos, y desde entonces guardo el carnet del club náutico medio quemado. Y siempre que vuelo lo llevo conmigo”, afirmaba. Quizás para que le vuelva a dar la suerte que tuvo el 5 de mayo de 1965.
